“La culpa siempre cae sobre la que limpia”
María comenzó a trabajar en aquella casa un lunes cualquiera, sin imaginar que ese lugar, limpio por fuera y elegante por dentro, guardaba una de las experiencias más duras de su vida. Tenía entonces treinta y ocho años, dos hijos en la escuela pública y una necesidad urgente de estabilidad. El trabajo como doméstica no era nuevo para ella; lo había hecho toda su vida. Sabía callar, observar y cumplir. Sabía, sobre todo, no dar problemas. La señora de la casa le explicó las reglas desde el primer día: nada de visitas, nada de usar el teléfono, nada de tocar lo que no fuera de su trabajo. María asintió en silencio. Siempre lo hacía. Llegaba a las siete de la mañana, se iba a las cinco de la tarde, y durante esas diez horas limpiaba, lavaba, cocinaba y dejaba todo en su lugar, incluso aquello que nunca se movía. Con el tiempo, aprendió los hábitos de la familia. El señor salía temprano. La señora pasaba gran parte del día en la habitación principal. Los hijos aparecían y desaparec...